Acabo de enterarme que Pato WC no va a anunciarse en La Noria. Por una vez no voy a ser fiel a mis principios, que en realidad es uno: No dejes pasar jamás la oportunidad de hacer un buen chiste. Y no lo voy a hacer, no por deontología profesional, que no sé lo que es, sino porque de puro fácil el chiste es malo.
No creo que esto que está pasando sea nada bueno. Y para analizarlo, que no es fácil, hay que empezar por desligarse del desgarro y del hedor del caso en cuestión, de la madre, del niño y de la ralea de gente sin escrúpulos que deambulan por él. Es indispensable verlo con distancia perdiendo el foco de sus protagonistas. Me refiero al hecho concreto de que la publicidad decida qué programas, o qué contenidos son los adecuados para sus anuncios. O qué tono debe tener un chiste para que no ofenda al amplio target del anunciante, o que noticia no debe de ir tras un anuncio en un diario digital. Mal camino. La publicidad, me consta, es temerosa. Lo sufrimos quienes trabajamos en ella. No le gustan los riesgos, y lo entiendo, pero hasta ahora la publicidad se había desligado de los contenidos. Ningún espectador, hasta ayer se fijaba en los anuncios que salían en un determinado corte para valorarlos respecto al programa en el que se incluían. Era algo que todos, espectadores, productores y anunciantes dábamos por bueno, y no funcionaba mal. Tu haces un determinado programa, con un target determinado y unas cifras de espectadores y las centrales de medios posicionaban ahí sus anuncios porque ahí estaba su gente. Todo lo demás pertenecía al criterio de la cadena, si pierdes público el anunciante se irá y si tu target cambia, también. Estas eran las reglas y no escrito en ellas estaba que los bloques publicitarios son terreno neutral.
Una cierta predilección por una cadena, entendida como grupo político-socio-cultural, no es mala, pero nunca esa querencia ha pretendido influir.
Si, abierta esta herida, se da por bueno que los anunciantes elijan tonos, contenidos o programas, nos llevará irremediablemente a que sea el anunciante quien, en última estancia y aunque sea indirectamente, dicte las normas editoriales de la producción televisiva, y sea finalmente el miedo a molestar el que nos deje una caja realmente tonta y anodina.
Vaya por delante que presionar las heridas todavía abiertas para conseguir audiencia, me parece sórdido y feuno, esta y todas las veces anteriores, pero pienso que en canales privados, el camino para erradicar eso es no viéndolas, y si es ilegal denunciándolas y si nos parecen deprorables, deprorándolas, y en nuestro caso proponiendo otras opciones viables a las cadenas, pero la asfixia de guante blanco me parece, cuanto menos, peligrosa. Hemos tenido momentos televisivos parecidos a la mamá-cuco y se armó la marimorena, pero la publicidad no entró a juzgar. Y a nadie le extrañó que no lo hiciera, porque ente otras cosas, y no me acuerdo de quién lo dijo, si juzgas puedes ser juzgado. Yo ahora mismo les estoy juzgando, (al tiempo que me quedo sin trabajo), pero es que abierta esta caja de Pandora, muchos pequeños seres como yo pueden empezar a juzgarlos por salir en tal o cual programa. Mal camino. Creo que la publicidad no puede, ni debe exponerse a eso.
No sé si el asunto tiene vuelta atrás, pero si yo fuese cualquiera de las partes, silvaría, me metería una mano en el bolsillo y con la otra señalaría una grulla o un avión volando. Para distraer. Si la publicidad gana, pierde, y si Telecinco da un paso atrás en ese órdago, perdemos todos, no ya la Noria, perdemos la libertad de ver lo que nos de la gana, la libertad de contar, la libertad de reírnos, la libertad de criticar y otra libertad que como les pasa a los políticos últimamente, no recuerdo.
Nunca he visto la Noria, ni el DEC, ni Sálvame, pero no quiero ni por un momento pensar en que un anunciante retirara sus anuncios de cameracafé porque hubiésemos hecho un chiste de algún tema sensible para el anunciante, y al final Telecinco tuviese que “corregir” los guiones de la serie con el visto bueno del anunciante. ¿Qué hubiera pasado en este caso? ¿No nos habríamos levantado todos en armas contra la censura? ¿No hubiéramos pedido todos, industria y telespectadores, a Telecinco que ni un paso atrás? ¿Cuál es entonces la diferencia? ¿La limpieza del producto? ¿La suciedad de la entrevista? ¿Y quién marcará los límites de porquería?

Aquel anuncio genial.
Ayer un famoso humorista español me contaba la anécdota de que trabajando en un pueblo, se quejó al alcalde porque “Los hijosdeputa de los niños” no le dejaban trabajar. El alcalde levantó el dedo y le dijo. Cuidado chaval que esos hijosdeputa son nuestros hijosdeputa. Por el mismo precio, valga esta anécdota también para que los ciudadanos votantes puedan decirle a los mercados que cuidado porque ese Berlusconi era nuestro Berlusconi y, trayéndolo por los pelos, para poder cerrar elegantemente la diatriba, les diré con muchísimo respeto a los señores de Pato WC, que cuidado, porque estos gérmenes son nuestros gérmenes.











